Un lugar para escribir
Michael Pollan necesitaba un lugar para escribir. En lugar de buscar una habitación libre en casa, decidió construirlo.
A mediados de los años noventa había dejado Nueva York y se había instalado con su familia en una casa en el noroeste de Connecticut. Estaba comenzando una nueva etapa profesional como escritor, trabajaba desde casa y quería disponer de un espacio separado de la vida doméstica. La idea fue tomando una forma muy concreta: una pequeña construcción de madera entre los árboles, lo suficientemente lejos de la casa como para sentir que había ido a otro lugar.
Había, sin embargo, una complicación. Pollan no quería limitarse a tener aquel espacio. Quería construirlo con sus propias manos.
El arquitecto Charles Myer lo ayudó a diseñarlo y durante aproximadamente dos años y medio Pollan fue aprendiendo a levantar la estructura que acabaría convirtiéndose en su lugar de trabajo. Era una construcción de una sola habitación, concebida para leer, escribir y dejar vagar la mente. Una mesa, libros y las herramientas necesarias para trabajar ocupaban un espacio que tenía una función muy concreta.
El proceso acabó dando lugar a A Place of My Own, un libro sobre la construcción de aquella pequeña casa, pero también sobre una pregunta mucho más difícil: ¿qué convierte un espacio en un lugar propio?
La distancia era parte de la respuesta.
La casa familiar seguía estando cerca. Pollan no necesitaba marcharse kilómetros ni desaparecer durante días. Bastaba con salir de casa, atravesar una parte de su propiedad y entrar en su refugio de escritura. Al hacerlo había establecido una frontera física entre dos actividades que, de otro modo, podían suceder exactamente en el mismo lugar.
Dentro de aquella pequeña construcción estaba su ordenador. También había un teléfono, una impresora, un equipo de música y otras herramientas propias de un despacho de los años noventa. No era un retiro tecnológico ni un intento de regresar a una forma anterior de escribir. Era un espacio moderno de trabajo al que se había añadido algo que el ordenador por sí mismo no podía proporcionar: una separación, un lugar propio.
Años después, cuando le preguntaron qué podía hacer alguien que no pudiera construirse su propio refugio, Pollan propuso algo mucho más sencillo. Una lámpara distinta podía bastar para crear un pequeño círculo de luz dentro de una oficina y convertir aquella zona en un espacio propio.
Quizá ahí se encuentre lo más interesante de su cabaña. No eran necesarios los árboles de Connecticut. Ni construir durante dos años y medio. Ni siquiera disponer de otra habitación. Lo importante era poder establecer una frontera y reconocer que, al cruzarla, comenzaba una actividad distinta.
Durante mucho tiempo esas fronteras fueron físicas. Una puerta, un estudio al fondo del jardín, una habitación de hotel o una mesa iluminada de una determinada manera podían indicar que había llegado el momento de escribir.
Hoy buena parte de esa frontera tiene que existir dentro del propio ordenador. La misma pantalla desde la que escribimos contiene también el correo, el navegador, los mensajes y prácticamente cualquier otra cosa que podamos querer hacer. No siempre podemos cruzar un jardín para alejarnos de ellas. Pero todavía podemos construir un lugar propio. Solo que ahora puede caber dentro de la pantalla.
WordPlanet™ crea dentro del ordenador un espacio separado de la vida cotidiana para hacer una sola cosa: escribir. No tiene paredes, ni una puerta que cerrar, ni hay que atravesar un jardín para llegar hasta él. Al entrar en WordPlanet™ todo lo demás queda fuera durante un rato: solo quedan el texto, el teclado y tu mundo de palabras. Un lugar donde las posibilidades vuelven a reducirse y escribir puede ocupar todo el espacio.
WordPlanet™ es otra forma de construir un lugar propio.