Refugios para escribir

En Laugharne, frente al estuario del Taf, Dylan Thomas trabajaba en un pequeño cobertizo que había sido un garaje. Desde allí contemplaba el agua y las colinas de Gales mientras escribía poemas y parte de Bajo el bosque lácteo. Años después, Roald Dahl visitó aquel lugar y regresó a casa con una idea. Quería un espacio apartado de la vida doméstica y acabó encontrándolo en el jardín de su casa en Great Missenden, donde hizo construir una pequeña cabaña y escribió durante décadas, sentado en el mismo sillón y rodeado de los objetos que había ido reuniendo con los años.

Virginia Woolf atravesaba cada día el jardín de Monk’s House para retirarse a una pequeña construcción donde pasaba horas escribiendo y donde, algunas noches de verano, llegaba incluso a dormir. Neil Gaiman también encontró un lugar para escribir en un gazebo de madera entre los árboles de su jardín. Le gustaba recorrer la distancia que lo separaba de la casa porque tenía la sensación de ir a trabajar y, una vez allí, seguía una regla particularmente sencilla: podía escribir o podía no hacer nada, pero no buscar otra forma de entretenerse. Si las únicas alternativas son escribir o permanecer sentado, llega un momento en que escribir resulta bastante más interesante.

Una habitación de hotel puede cumplir exactamente la misma función. Maya Angelou recurría a ellas para trabajar lejos de las ocupaciones cotidianas y las convertía durante unas horas en su propio espacio de escritura. Décadas después, J. K. Rowling se refugió en el Balmoral de Edimburgo para terminar Harry Potter y las reliquias de la Muerte. El 11 de enero de 2007 concluyó el manuscrito en la habitación 552 y dejó constancia de ello escribiendo sobre un busto de Hermes antes de marcharse.

Una cabaña sobre un estuario, otra en un jardín, una pequeña construcción separada de la casa o una habitación de hotel responden a una necesidad parecida. No se trata necesariamente de encontrar silencio, ni siquiera de estar completamente solo, sino de disponer de un espacio al que acudir con un propósito determinado, donde las posibilidades se reducen y la escritura puede ocupar todo el espacio disponible.

Resulta paradójico que la herramienta con la que hoy escribimos sea casi exactamente lo contrario. El ordenador moderno reúne en una misma pantalla el manuscrito y buena parte del resto de nuestra vida: el correo, el navegador, los mensajes, las noticias, el trabajo, la música, las compras y una cantidad prácticamente ilimitada de información permanecen a unos pocos gestos de distancia. Nunca habíamos dispuesto de una herramienta tan extraordinaria para escribir y, al mismo tiempo, nunca habíamos intentado hacerlo rodeados de tantas posibilidades de hacer cualquier otra cosa.

No todo escritor puede construir una cabaña al fondo del jardín; ni tiene un jardín donde construirla. Tampoco parece razonable alquilar una habitación de hotel cada vez que queremos pasar unas horas delante de un manuscrito. Quizá no haga falta ninguna de las dos cosas. Lo importante de aquellos refugios no eran sus cuatro paredes, el paisaje que se veía desde la ventana o la distancia que los separaba de la casa, sino la frontera que establecían entre la escritura y todo lo demás.

WordPlanet™ traslada esa misma idea al lugar en el que escribimos hoy. El ordenador no necesita dejar de ser una máquina capaz de hacer casi cualquier cosa; basta con que exista dentro de él un espacio en el que todas esas posibilidades dejen de reclamar nuestra atención y escribir vuelva a ocupar el centro.

No necesitas una cabaña, un jardín ni la habitación 552 de un hotel. Solo necesitas que, durante un rato, el ordenador deje de ofrecerte mil sitios a los que ir.